
Majuelo
Historia de la viña
Historia
El Majuelo no es un viñedo: es la expresión visible de una voluntad. Allí donde la tierra parecía demasiado pobre para sostener la vida, Domecq insistió, transformando el paisaje en una forma de pensamiento.
Ningún otro viñedo español ha alcanzado una fama histórica comparable. Durante el siglo XIX y buena parte del XX, el Majuelo fue descrito como una de las grandes parcelas de Europa, símbolo del poderío bodeguero jerezano. Hubo épocas en las que algunos de sus vinos duplicaban e incluso triplicaban el precio de los mejores burdeos en el mercado internacional. Con la crisis del sector en la segunda mitad del siglo XX, esa centralidad se apagó, y hoy ya no ocupa ese lugar simbólico en el imaginario mundial. Aun así, el nombre del Majuelo fue durante más de un siglo una medida de valor, la forma en que Jerez midió su propia grandeza ante el mundo.
Bodegas Históricas
PEDRO DOMECQ
Siglo XVIII–XIX. La torre que alumbró el vino moderno. En 1830, el Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones ultramar de P. y Sagasti Madoz (Madrid, A.) describía el majuelo de la siguiente forma:
“El Majuelo ocupa una superficie de 400 aranzadas, toda plantada de vid, para formar una idea de la importancia de este establecimiento agrícola, bastará indicar que de las numerosas viñas que hay en este término, la gran mayoría de ellas son de 5 a 30 aranzadas, las restantes de 30 a 50, muy pocas de 60 a 80, y sólo una de 100. El Majuelo tiene 9 casas entre grandes y pequeñas diseminadas en diferentes puntos; la casa grande o principal es de vastas dimensiones, y además de contener todas las oficinas o dependencias necesarias al cultivo de tan extensa viña, incluso bodega para almacenar provisionalmente la cosecha: tiene también un pabellón o dependencias de recreo para los dueños, el cual se halla elegantemente adornado con muebles y pinturas de mérito, haciéndose notar entre los objetos de más lujo, una magnífica cama de hierro de lo mejor que se fabrica en París; tiene la casa una torre o minaret, desde la cual se goza de una perspectiva sumamente agradable; el jardín que circunda la casa es abundante en flores extrañas, árboles de adorno y frutales. En las diferentes labores que en repetidas épocas del año se dan a esta viña, se reunen de 700 a 1.000 trabajadores a la vez, los que distribuidos por días, según un término medio, dan sobre 200 braceros siempre ocupados. Los gastos que se hacen en esta posesión ascienden anualmente a unos 30 mil pesos fuertes, tan sólo en jornales, sin contar las contribuciones y otros muchos desembolsos. La cantidad de vino que anualmente rinde esta viña, aunque varía mucho según los años, puede calcularse por término medio en 1.500 botas de 30 arrobas cada una, cuyo producto a los precios bajos que actualmente tienen en el país dan un resultado de bastante consideración. Las bodegas y demás dependencias que el propietario de esta hacienda tiene en Jerez para añejar y extraer sus vinos, forman el establecimiento más vasto y más importante en su clase que tal vez haya en Europa, y como tal es un objeto de curiosidad que visitan los extranjeros. Las bodegas contienen hasta 15.000 pipas de vino de todas clases, habiendo algunas cuyo líquido cuenta 100 años.”9
Posteriormente, James Busby en 1831 visita al Majuelo con un inteligente y perspicaz guía: Pedro Domecq. Este es un documento histórico para conocer la vitivinicultura de la época en Andalucía. A pesar de haber visitado numerosos viñedos, cuando Busby entra en el Majuelo lo describe de la siguiente forma:
“El viñedo de Don Pedro está situado en dirección noroeste desde Jerez, y consiste enteramente en cerros de caliza. Era evidente, al entrar en el cercado, que las vides eran tratadas con mucho mayor cuidado que ninguna otras que habíamos visto. Las ramas madres estaban mejor equilibradas y mantenidas del suelo, y estaban podadas regularmente, y entre ellas no se ve una brizca de mala hierba.”10
Don Pedro deslumbró a su ilustre visitante explicándole como prefería una especie de poda de vara y pulgar a tres brazos por extender la edad útil de las cepas. También se esmeró en explicar los procesos de asoleo, fortificación y trasiegos. Busby opinó que era muy difícil imaginar un vino más delicioso que el pedro ximénez de Don Pedro, a lo que esté le contestó “En un año cálido es aún mejor”.
Según relataba el propio Pedro Domecq, el anterior propietario de la torre, tras concluir su construcción, decidió cederla a sus trabajadores. Ignoramos en qué año exacto ocurrió este hecho, ni si fue Juan Haurie quien llegó a comprarla, pues no figura en las propiedades de Patrick Murphy —aunque sí constan viñas colindantes—. Lo que sí parece claro es que la arquitectura del Majuelo nunca respondió a un plan unitario: es el resultado de añadidos y reformas sucesivas, más práctica que estética.
Así, lo que en origen fue una gran nave con veinte lagares destinados a la pisa de la uva terminó transformándose en un edificio con prensas modernas a mediados del siglo XX. Allí se elaboró vino hasta 1978–79, momento en que toda la actividad productiva se trasladó definitivamente a la ciudad.
El conjunto señorial lo componían, además de la torre convertida en mirador y un señorío hoy desaparecido, una amplia capilla de bóvedas de arista y la antigua bodega —hoy salón de visitas—, ambas con acceso desde el portal principal.
Henry Vizetelly fue otro de los ilustres personajes que visitó la torre en 187511 y que, nos dejó una descripción profunda sobre las faenas y sus costes. Además, nos da una visión sobre la viticultura que Juan Pedro Domecq, hermano del difunto Pedro Domecq, llevaba a cabo:
“El señor Domecq ha averiguado por experiencia que el mejor vino se produce al mezclar el racimo de uvas del brazo con la única yema (el jugo de esta está muy dulce), con los racimos centrales del otro brazo, donde las uvas, como regla general, son más pequeñas que el resto, tienen la piel más gorda y contienen abundancia en taninos. El vino producido entonces es de más carácter, y con notable cuerpo y fortaleza.” (Traducción de Beltrán Domecq y Williams)
En el texto anterior se aprecia cómo la familia Domecq supo comprender y dominar a fondo el espíritu de Macharnudo, desarrollando un estilo que acabaría por erigir el canon de los grandes vinos oxidativos del Marco: los célebres dorados de Domecq.
Pero la historia del Castillo no pertenece solo a la familia, sino también a los habitantes de Macharnudo. Allí funcionó durante décadas la escuela donde se educaban los niños del pago —en los últimos tiempos recogidos cada mañana por un autobús que subía hasta la torre—, y allí se reunían los jóvenes en la eucaristía dominical celebrada en la capilla, de la que surgieron amistades, romances y matrimonios.
El Majuelo debería ser reconocido como uno de los espacios de mayor densidad cultural de España. No es fácil explicar cómo, a lo largo de tres milenios, todo el saber vitivinícola andaluz ha ido confluyendo a los pies de su torre: desde el conocimiento ancestral de los suelos hasta el surgimiento precoz del capitalismo —casi un siglo antes que en otras regiones españolas— y, con él, un romanticismo temprano todavía poco estudiado en Jerez como fenómeno humano.
La aparición de los vinos de pago, o la mirada naturalista del Marqués de Domecq reflejada en su Memoria sobre el estado actual del negocio de vinos en Jerez de la Frontera y manera de mejorarlo, forjaron la historia reciente del vino jerezano y, al mismo tiempo, edificaron la leyenda del Majuelo.
DOMECQ EN 10 HITOS (DESPIECE)
La historia de Domecq es, en buena medida, la historia moderna del vino de Jerez. Desde los pioneros irlandeses y franceses del siglo XVIII hasta la globalización del siglo XXI, cada paso de la familia y su empresa marcó un rumbo para toda la región. Estos son diez hitos que definen esa trayectoria.
1. Patrick Murphy, el origen (1730–1764)
El irlandés Patrick Murphy Woodlock llega a Jerez hacia 1730 y funda el germen de lo que será la gran casa Domecq. Compra bodegas, lagares y viñas en pagos de prestigio y se convierte en exportador activo hacia las islas británicas y América. Su temprana visión empresarial sienta las bases de un negocio estructurado, en una época en que la vitivinicultura jerezana todavía dependía del gremio de la vinatería.
2. Jean Haurie y el pleito con el gremio (1764–1794)
Murphy muere sin descendencia en 1764 y lega su empresa a su socio y amigo francés Jean (Juan) Haurie Nebout. Haurie amplía bodegas y viñedos, pero sobre todo desafía al Gremio de la Vinatería en el célebre “pleito Haurie”. El desenlace llega con la Real Orden de 1778, que liberaliza el comercio del vino frente al monopolio gremial. A partir de aquí, Jerez entra en la era del capitalismo vitivinícola.
3. La ruina napoleónica de Haurie
Fiel a sus ideales, Haurie financia a las tropas de Napoleón durante la ocupación de Andalucía, adelantando millones de reales en suministros. Tras la guerra, el impago del gobierno francés lo arruina. La empresa queda en manos de sus sobrinos, pero acaba en quiebra. El terreno queda abonado para la llegada de otro apellido: Domecq.
4. Pedro Domecq Lembeye, el reinicio (1821–1822)
En 1821 Pedro Domecq Lembeye, sobrino-nieto de Haurie y originario de Bearne (Francia), se hace con la firma “Juan Haurie y Sobrinos” y al año siguiente la rebautiza como Pedro Domecq. Su labor es titánica: recuperar crédito, reorganizar bodegas y viñas, modernizar técnicas. Marca el verdadero inicio de la casa Domecq como la conocemos.
5. Juan Pedro Domecq, la innovación
Tras la muerte de Pedro, su hermano Juan Pedro Domecq Lembeye asume la dirección. Bajo su mando, la bodega crece en mercados y perfecciona técnicas de vinificación y crianza. Introduce innovaciones agronómicas y enológicas, consolidando a Domecq como un referente internacional en la segunda mitad del siglo XIX.
6. Pedro Domecq Loustau y el nacimiento del brandy (1874)
Con Pedro Domecq Loustau llega la diversificación. En 1874 nace Fundador, considerado el primer brandy español comercializado como tal. La historia cuenta que un aguardiente envejeció en botas de Jerez y el resultado sorprendió a todos. De ahí surge una de las marcas más icónicas de la empresa, que dará renombre mundial al grupo.
7. El Marqués de Domecq y el naturalismo romántico
En la segunda mitad del xix y principios del XX destaca la figura del Marqués de Domecq, intelectual y bodeguero, autor de la Memoria sobre el estado actual del negocio de vinos en Jerez de la Frontera y manera de mejorarlo. Su visión naturalista y precozmente romántica buscaba entender el viñedo desde sus pagos y suelos, anticipando debates contemporáneos sobre terroir.
8. Expansión y filiales (siglo XX)
Durante el siglo XX, Domecq no solo consolida su liderazgo en Jerez, sino que absorbe bodegas históricas para ampliar soleras y marcas:
• Agustín Blázquez (1972)
• Manuel Antonio de la Riva (años setenta)
• Florido Hermanos (años setenta)
• Sancho (años setenta)
Estas adquisiciones reforzaron a Domecq como el mayor propietario de viñas y soleras de la región.
9. La venta a Allied Lyons y Pernod Ricard (1994–2005)
En 1994, la familia Domecq vende la empresa a Allied Lyons, que poco después se transforma en Allied Domecq. Fue un turno simbólico: la casa más emblemática de Jerez dejaba de ser un emblema familiar para integrarse en un conglomerado internacional.
En el 2005, Allied Domecq es adquirida por Pernod Ricard, el segundo grupo de vinos y licores del mundo. Con esa operación, el vasto patrimonio de Domecq —marcas, viñas, soleras, bodegas— pasa a manos francesas, abriendo la era de desinversiones que definirá los pasos posteriores.
10. De Beam Suntory a Andrew Tan, la dispersión de las joyas (2005-2016)
Entre el 2005 y el 2016, el antiguo imperio Domecq se fragmenta tras su adquisición por Pernod Ricard:
• 2008: Osborne compra las soleras de La Ina, Río Viejo, Viña 25 y Botaína, además de los históricos VORS (Amontillado 51-1A, Sibarita, Capuchino y Venerable), preservando parte del legado de Macharnudo.
• Poco después, Caballero/Lustau adquiere de Osborne las marcas y soleras de La Ina, Río Viejo, Viña 25 y Botaína, incorporándolas a su propio catálogo y consolidando su posición en los jereces clásicos de calidad.
• Beam Global (luego Beam Suntory) conserva las marcas de mayor volumen —Fundador, Terry, Harveys y Tres Cepas— junto con sus derechos y soleras asociadas.
• 2015: el empresario filipino Andrew Tan (Emperador Inc.) compra a Beam Suntory ese conjunto, creando Bodegas Fundador y convirtiéndose en uno de los mayores productores de brandy del mundo.
• 2016: Pernod Ricard vende finalmente la marca Domecq (vinos y brandies) a una joint venture entre Emperador y González Byass, completando la dispersión definitiva del patrimonio Domecq.
Siglo XX. Del instinto al método. La evolución en el cambio de formato de La Ina representa la evolución en el pensamiento a lo largo del siglo XX. Es significativo como el Castillo del Majuelo cada vez participa menos en la etiqueta, simbolizando la dicotomía ocurrida durante los años setenta entre la bodega y la viña. Esta situación, no fue un caso aislado que se dio solo en Domecq, ni tan siquiera en Jerez, sino que fue un fenómeno generalizado en la vitivinicultura mundial de la época.
La migración de la subjetividad de las cosechas y los suelos hacia el realismo científico se dio en buena medida debido al cambio de pensamiento acontecido a finales de los años sesenta. Este cambio fue propiciado por varios acontecimientos, como Mayo del 68 o la llegada del ser humano a la luna. La renovada fe en el progreso estableció que los vinos que quisieran estar en la cumbre debían de tener un equipo de investigación muy potente. Era ahí donde se medía la calidad de una bodega en la época, tal y como sucedió después con la era “tecnofetichista” de la cocina española en la última década del siglo xx.
Aunque si hay un fenómeno que impregnó el pensamiento enológico de la época sería la globalización. La sustitución de los concursos por el comienzo incipiente de los críticos internacionales, derivaron las corrientes de pensamiento de una forma mucho más uniforme y rápida, y con ella llegaron los primeros flying winemakers como Emyl Peynaud.
La venta de Pedro Domecq en 1994 fue un auténtico shock para la sociedad jerezana. Más allá de las razones que la precipitaron, las consecuencias fueron graves: la casa más emblemática entró en un carrusel de compraventas que llegó a rozar lo surrealista.
Sin embargo, lo que sostuvo el proyecto fue el capital humano. Domecq contaba con un equipo de fuertes lazos internos que supo resistir aquella montaña rusa tras la fatídica venta del 24 de marzo de 1994. Con el tiempo, la llegada de Andrew Tan y la creación de Bodegas Fundador trajeron de nuevo la estabilidad.
Fundador en la actualidad. Cuando Andrew Tan adquirió Bodegas Fundador en el 2015, Jerez cerró un largo periodo de incertidumbre. El empresario filipino, a través de su grupo Emperador Inc., devolvió estabilidad a una casa que durante dos décadas había vivido la dispersión del antiguo patrimonio Domecq. Su llegada no fue la de un mero comprador, sino la de quien supo reconocer el potencial histórico y simbólico de una de las grandes casas del Marco. Desde entonces, Fundador ha recuperado una dirección coherente, con una mirada puesta en el territorio y en la continuidad de su historia.
Bajo su gestión, la bodega reconstruyó su identidad y devolvió la vida al histórico barrio de San Ildefonso, el mismo lugar donde, casi tres siglos antes, Patrick Murphy había iniciado la aventura que daría origen a Domecq. El grupo llevó a cabo la restauración de las bodegas centenarias, la modernización de las instalaciones y la apertura del conjunto al público, integrando espacios de visita, archivo y cata. No se trató solo de una actualización técnica, sino de una reconciliación entre el esplendor industrial del pasado y una sensibilidad contemporánea hacia el paisaje y el patrimonio.
El brandy continúa siendo el eje económico de la casa, con Fundador liderando su categoría a escala mundial. Pero junto a él, la marca Harveys ha vuelto a ocupar un lugar central en el relato de la bodega. Su relanzamiento reciente, con una gama más estructurada de vinos, ha permitido reforzar el vínculo con el Marco y devolver protagonismo a las soleras que sostuvieron el nombre de Domecq durante generaciones.
Los vinos del legado Domecq. Si la estructura empresarial de Fundador asegura la continuidad del nombre, son los vinos quienes mantienen viva su memoria. En las bodegas de San Ildefonso se conservan las soleras que durante generaciones dieron forma al estilo Domecq, hoy bajo la marca Harveys, heredera directa del Castillo del Majuelo. En ellas se advierte como el tiempo ha transformado la presentación, pero no la esencia: los mismos vinos que un día llevaron las etiquetas de La Ina, Río Viejo o Sibarita siguen latiendo, aunque bajo otros nombres.
La gama Harveys Classic sostiene la proyección internacional con referencias como Bristol Cream, mezcla de finos, amontillados, olorosos y pedro ximénez, y Medium Dry, traducciones modernas del carácter amable y equilibrado de Macharnudo. Por encima, la colección Harveys Premium trabaja los estilos tradicionales de crianza en fino, amontillado, palo cortado, oloroso y pedro ximénez, con un lenguaje más gastronómico y directo. La cúspide la forman los VORS, donde las edades superan los treinta años y los vinos alcanzan la densidad y hondura propios de los grandes dorados de Domecq.
A través de esta estructura, Fundador ha sabido reinterpretar su herencia sin romperla. Cada gama cumple el papel que antaño desempeñaban los distintos estilos de la casa, desde el fino de Macharnudo hasta los amontillados viejísimos. Los solerajes que un día sostuvieron los vinos más emblemáticos del Majuelo siguen en activo, convertidos en una red de memoria sensorial que enlaza el presente con los siglos de historia.
Esa red es la que permite seguir el rastro del tiempo hasta las soleras originales que marcaron el estilo Domecq. Comprender la casa hoy implica volver la mirada hacia aquellos vinos que definieron una época, donde el espíritu del Majuelo se expresaba con toda su fuerza.
Vinos
Vinos documentados vinculados a esta viña.